En Siria, lo que principió como un asonada contra el presidente Bashar Al
Asad en 2011, se transformó en una brutal y sangrienta guerra civil con
implicancias internacionales. El conflicto
ha dejado un saldo de más de 450.000 personas muertas, según la última
estimación que hizo la ONU en 2016. La
guerra además ha provocado la huida de casi 5 millones de personas, en uno de los mayores desplazamientos
de población en la historia reciente.
A medida que
el levantamiento se extendía, los grupos involucrados se transformaron en verdaderos ejecitos fuertemente armados,
que ponían en peligro la seguridad y estabilidad del país y de la región. A poco andar del conflicto, para nadie fue un misterio que todo era parte de las artimañas del gobierno de Estados
Unidos y de sus aliados para derrocar al Gobierno Sirio.
La violencia
se incrementó rápidamente, los grupos rebeldes que combatían a las fuerzas
del gobierno, lograron tomar el control de ciudades y poblados. Estados Unidos
si bien no intervenía directamente se encargó de armar y financiar a las
distintas facciones. En 2012 los enfrentamientos llegaron hasta la capital
Damasco y Alepo, las principales
ciudades del país.
